Haya, Alan y la continuidad doctrinaria: la verdad que algunos prefieren ignorar

Por Juan Orlando Orrego Sevilla

En el debate público sobre el aprismo, abundan las simplificaciones interesadas y las lecturas acomodadas. Por eso conviene volver a lo esencial: en el Partido Aprista Peruano, el máximo exponente histórico y doctrinario es Víctor Raúl Haya de la Torre. No es una opinión ni una nostalgia: es un hecho político y una verdad fundacional.

El compañero Alan García, quizá el líder más brillante de la segunda mitad del siglo XX en el Perú, jamás pretendió disputar ese lugar. Desde 1983, cuando emergió como figura nacional, dejó claro que su liderazgo se construía dentro de la estructura partidaria y siempre subordinado a la doctrina hayista. En discursos, entrevistas y documentos partidarios, Alan reiteró que Haya es y seguirá siendo el máximo exponente del PAP. Esa afirmación no fue un gesto simbólico: fue un reconocimiento explícito de la jerarquía doctrinaria que sostiene al partido.

Por eso resulta falaz —y políticamente irresponsable— afirmar que el acto personal de su muerte “define” al partido. El PAP no se define por tragedias individuales, sino por su ideología, su doctrina y su continuidad histórica. La identidad aprista no nace ni muere con un líder: se proyecta en el tiempo a través de generaciones que asumen, reinterpretan y elevan el proyecto original.

Haya lo expresó con una claridad que hoy parece profética: “Deseo generaciones nuevas que nos superen”. Esa frase no es un adorno retórico; es la arquitectura conceptual de un partido moderno. Alan García representó una generación que superó a la anterior. Y como ocurre en toda organización viva, ya se observa una nueva camada que asume el relevo doctrinario y político. Entre ellos, Enrique Valderrama destaca como una figura emergente que encarna esa continuidad y esa superación, no por imposición, sino por mérito, formación y coherencia.

El aprismo no es un mausoleo ni un culto personal. Es una doctrina en movimiento. Su fortaleza radica en que cada generación aporta, corrige, amplía y supera a la anterior. Esa es la verdadera herencia de Haya y el verdadero legado de Alan: un partido que no se detiene, que no se fosiliza y que no permite que la historia sea distorsionada para servir intereses coyunturales.

En tiempos de confusión narrativa, conviene recordar lo esencial: el PAP se define por su pensamiento, no por sus tragedias; por su doctrina, no por sus mitologías; por su capacidad de renovarse, no por la nostalgia.

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