De la resistencia a la potencia: el bicentenario que el Perú aún no se atreve a pensar

*Por Juan O. Orrego-Sevilla*

Hay una pregunta que el Perú republicano nunca se ha hecho en voz alta: ¿y si doscientos años de pensarnos como víctima de la historia nos han impedido pensarnos como sujeto de ella?

Haya de la Torre y Antenor Orrego construyeron, hace casi un siglo, la idea de Indoamérica como respuesta al imperialismo: un continente con identidad propia, mestiza, dueño de su propio "espacio-tiempo histórico", que no debía medirse con la vara de Europa ni de Washington. Orrego fue más lejos en *Pueblo-Continente*: Indoamérica no es una suma de repúblicas, sino un solo pueblo dividido por fronteras que la independencia trazó de manera artificial. Esa tesis nació, con toda razón, como antiimperialismo.

Pero cien años después conviene hacer una pregunta incómoda: ¿qué pasa si la resistencia, sola, ya cumplió su ciclo? Una tesis y su antítesis no están destinadas a repetirse para siempre; están destinadas a producir una síntesis. Y esa síntesis no puede ser "seguir resistiendo" indefinidamente, porque eso deja al Perú —y a Indoamérica entera— exactamente donde ha estado los últimos doscientos años: reaccionando, nunca decidiendo.

La síntesis que propongo no es "convertirnos en el imperio que nos sometió". Sería absurdo, y también una traición al legado de Haya y Orrego. La síntesis es otra cosa: tomar la conciencia de sujeto que dio la resistencia y dotarla, por fin, de capacidad estructural real —territorial, económica, militar— para que Indoamérica deje de ser objeto de la historia de otros y empiece a escribir la propia. No imperialismo en el sentido del siglo XIX. **Potencia indoamericana**, en el sentido del siglo XXI.

¿Por qué el Perú, y por qué ahora? Por tres razones que no son retórica sino geografía, calendario e historia.

**Espacio.** El Perú es la única bisagra territorial de Sudamérica que articula, en un solo país, el Pacífico, los Andes y la Amazonía. Ningún otro país de la región reúne esa triple condición en la misma proporción. Es una ventaja geopolítica que hemos administrado como una curiosidad de mapa, no como el activo estratégico que es.

**Tiempo.** El bicentenario cierra un ciclo de fragmentación republicana que ya duró demasiado. Y lo cierra, además, en un mundo multipolar donde las potencias medias —las que no son Estados Unidos ni China— tienen hoy más margen de maniobra que en cualquier momento desde la Guerra Fría. La ventana existe. La pregunta es si alguien la va a usar.

**Historia.** No partimos de cero. Partimos del Tawantinsuyo, un modelo de integración territorial anterior a la palabra occidental "imperio", y de la fragmentación republicana como la herida que este proyecto tendría que cerrar, no perpetuar.

Sé lo que esto provoca: la palabra "imperialismo" incomoda, y con razón, porque en la memoria de este continente significa saqueo, tutela extranjera, guerras impuestas desde afuera. Por eso insisto en que no es esa palabra la que debería quedarse. Lo que defiendo no es la repetición del modelo que combatieron Haya y Orrego, sino su superación: usar la infraestructura, el desarrollo industrial y la cohesión política y militar no para someter, sino para que jamás vuelvan a someternos. Esa diferencia —entre dominar y dejar de ser dominado— es exactamente lo que separa una potencia legítima de un imperialismo del siglo pasado, y es la diferencia que este proyecto tiene la obligación de sostener si quiere ser tomado en serio.

El Perú de los próximos cien años no se va a definir por lo que haga con su pasado incaico ni con su trauma republicano, sino por si se atreve, por fin, a preguntarse qué es lo que le toca construir. Esa es la pregunta del bicentenario. Todavía no la hemos respondido.

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