De los rublos de Stalin al sueldo del Senado
La izquierda peruana, una franquicia que nació de la traición y vive del Estado
Por Juan Orlando Orrego Sevilla
El reciente y bochornoso altercado en el Senado entre el ministro del Interior y el senador Íber Maraví —donde los fantasmas de Lucanamarca y los atestados policiales de los años 80 volvieron a salir a flote— no es más que el último síntoma de una vieja enfermedad. La izquierda peruana, hoy aburguesada, con chofer oficial y curul asegurada, suele victimizarse denunciando conspiraciones en su contra. Sin embargo, olvida convenientemente que su propia matriz genética no nació de la pureza ideológica, sino del cálculo, la fragmentación y la traición. Para entender esta "sopa de letras" de divisiones infinitas, hay que abrir el primer tomo de su historia y desenterrar a su verdadero arquitecto: Eudocio Ravines.
La destrucción de la izquierda primigenia no fue un debate abierto de ideas, sino un drama de intrigas palaciegas y manipulación epistolar digno de un libreto maquiavélico. El 22 de enero de 1928, Víctor Raúl Haya de la Torre lanzó desde su exilio el "Esquema del Plan de México", anunciando la creación del Partido Nacionalista Libertador del Perú. Esta plataforma fue el insumo perfecto para el villano de la historia. Eudocio Ravines, convertido en agente encubierto de la Internacional Comunista (Comintern) en París, inyectó su veneno a dos bandas a través de las cartas. Azuzó el ego de un joven Haya haciéndole creer que en Lima buscaban desbancarlo, mientras asediaba informativamente a un José Carlos Mariátegui arrastrado por una salud ya muy precaria.
Ravines operó con una crueldad psicológica tremenda. Sabiendo que el "Amauta" estaba postrado en su silla de ruedas y desgastado por la enfermedad, utilizó el fantasma del Partido Nacionalista Libertador para meterle prisa y arrinconarlo: le hizo creer que si no fundaba una organización de inmediato, el caudillismo vertical de Haya liquidaría todo el trabajo obrero y sindical de la revista Amauta. Presionado, aislado y sintiendo que sus fuerzas físicas se acababan, Mariátegui se vio obligado a acelerar los planes. El 7 de octubre de 1928, en una pequeña casa en Barranco, fundó el Partido Socialista Peruano (PSP), un proyecto que nacía con la convicción de crear un socialismo "sin calco ni copia", fiel a la realidad indígena y andina. Al enterarse de la fundación, un Haya de la Torre profundamente ofendido por las intrigas que Ravines le había sembrado en paralelo, envió la famosa carta fulminante atacando el "intelectualismo de gabinete" del Amauta. Ravines había roto la amistad más brillante de la intelectualidad peruana sin mover un solo dedo en Lima.
A la prematura muerte de Mariátegui en abril de 1930, el brillante círculo que lo rodeaba se partió: titanes como Antenor Orrego en el norte y Luis Alberto Sánchez se mantuvieron leales a Haya de la Torre para cimentar el APRA, dejando el camino libre. El 20 de mayo de 1930, Ravines asestó el golpe definitivo: disolvió el PSP, descabezó el legado mariateguista y fundó el Partido Comunista Peruano (PCP), arrodillándolo formalmente ante las órdenes y el dogma de Iósif Stalin.
Su audacia como "comisario" transnacional alcanzó su cumbre en Chile a partir de 1935. Enviado por Moscú para implantar el Frente Popular, la historia política mapocha lo recuerda como el implacable "azotador de comunistas". Con el frío sadismo del dogmatismo soviético, Ravines purgó y maltrató a la propia militancia obrera chilena bajo el pretexto de imponer disciplina. Paradójicamente, mientras quebraba el espíritu de los trabajadores en nombre del proletariado, Ravines se mimetizaba con las élites locales y terminaba desposando a una mujer de la aristocracia santiaguina. Aprendió temprano que el comunismo internacional era una excelente llave para abrir las puertas de los salones más exclusivos del continente.
El diablo, sin embargo, paga mal a sus devotos. En 1942, la propia maquinaria de Moscú lo desechó y lo expulsó. Lleno de despecho, Ravines ejecutó un giro de 180 grados: se vendió a la oligarquía de derecha, se convirtió en el columnista estrella del diario La Prensa de Pedro Beltrán e incluso terminó como informante de la CIA. En 1952 publicó su célebre libro "La gran estafa", donde posaba como el intelectual desilusionado que desnudaba la penetración del Kremlin en Iberoamérica. Una brillante pieza de autoficción en la que omitió detallar lo bien que cobraba: una mesada fija de 1,000 francos mensuales en París y envíos operativos de hasta 20,000 dólares en efectivo de la mano de la NKVD soviética. Dinero clandestino que recibió durante casi catorce años para financiar la subversión que él mismo dirigía.
La metamorfosis: De los rublos al presupuesto estatal
Casi un siglo después de Ravines, el comunismo peruano ha mutado radicalmente hacia la era de personajes como el senador Maraví, pero manteniendo intacto el mismo pragmatismo feroz. La evolución de esta franquicia política se sostiene hoy sobre cuatro pilares de contradicción:
- Del "Centralismo Limeño" al "Franquiciado Andino": El comunismo original se manejaba desde los cafés de Lima por intelectuales urbanos. Con la izquierda radical moderna, el fenómeno echó raíces profundas en el sur andino, transformándose en un movimiento provinciano, rural y sindicalista (magisterial y de frentes regionales) que se alimenta del resentimiento geográfico contra la capital.
- De los fondos de Moscú al bolsillo del contribuyente: La subsistencia económica ya no depende de los maletines de la URSS. Hoy se financian directamente del presupuesto público peruano: sueldos de ministros, asesores parlamentarios y las prerrogativas que otorgan los partidos inscritos. Aprendieron que es más cómodo que la revolución la pague el Estado capitalista.
- De la clandestinidad romántica a la comodidad democrática: Tras la sangrienta fractura con el violentismo de los años 80, entendieron que la vía armada destruía al movimiento. En su lugar, aprendieron a utilizar el marco de la democracia formal: postulan, ganan elecciones, se blindan con inmunidad parlamentaria y hacen activismo incendiario desde los micrófonos oficiales del Congreso.
- La "oposición" de clóset y el lavado de manos: Quizás el rasgo más cínico del comunismo moderno ha sido su sutil habilidad para aliarse bajo la mesa con diversos gobiernos de turno. Mientras sus cuadros cobran jugosos sueldos estatales y colocan a su gente en el aparato público, ante las cámaras se declaran la "verdadera oposición del pueblo". Cuando el barco del gobierno inevitablemente se hunde debido a la ineficiencia o la corrupción, la izquierda salta primero, se lava las manos con rapidez quirúrgica y culpa enteramente a "la derecha" o "la traición" ajena por los actos y desastres de los que ellos mismos fueron cómplices activos.
La historia de Ravines es la parábola perfecta de la izquierda radical de nuestra región. Rompieron, dividieron y persiguieron en nombre de una revolución que terminó siendo el negocio de unos cuantos. Por eso, cuando hoy vemos a personajes de línea dura "aburguesarse" por la necesidad de subsistir o el peso de la familia, o cuando vemos a senadores de izquierda radical aferrarse a los privilegios del orden constitucional que prometieron destruir mientras culpan al resto de sus propios fracasos, no deberíamos sorprendernos. No son una anomalía del siglo XXI; son los hijos legítimos, biológicos y espirituales, de la escuela de Eudocio Ravines.

