La resistencia del Amauta
El complot de Ravines y la farsa del calco soviético
Por Juan Orlando Orrego Sevilla
El reciente chongo en el Senado entre el ministro del Interior y el senador Íber Maraví —donde los fantasmas de Lucanamarca y los atestados policiales de los ochenta saltaron a la mesa— ha vuelto a poner el pecho sobre una vieja tara de la izquierda peruana: su costumbre de lavarse las manos y culpar al resto de sus propios fracasos. Hoy se quejan de persecución con chofer oficial y curul asegurada, pero olvidan que la demolición de su proyecto original no vino de la derecha, sino de la intriga y la traición de su primer gran operador. En el imaginario de la izquierda caviar y de la línea dura se suele vender la ruptura de 1928 como un quiebre inevitable de doctrinas. Sin embargo, los documentos desclasificados del archivo de José Carlos Mariátegui y el agudo ensayo de Alberto Flores Galindo revelan una verdad mucho más incómoda: el Amauta nunca fue un tonto útil. Vio venir la jugada, resistió a pie firme el veneno internacional y fue la muerte prematura de su cuerpo —y no la debilidad de su mente— lo que le dejó la mesa servida a Eudocio Ravines para consumar su traición.
La intriga transatlántica se cocinó a punta de cartas cruzadas entre México, París y Lima en ese crucial año de 1928. El 22 de enero de 1928, Víctor Raúl Haya de la Torre lanzó desde su exilio el "Esquema del Plan de México", anunciando con bombos y platillos el Partido Nacionalista Libertador del Perú. Apenas unos días después, el 1 de febrero de 1928, el Comité de Pro-Liberación envió una carta formal desde México cuyo destinatario clave en Europa era el mismísimo Ravines. Ahí empezó el juego maquiavélico del cajamarquino. Convertido en agente encubierto de la Internacional Comunista (Comintern), Ravines usó ese documento para armar una emboscada psicológica. Sabía que Mariátegui estaba postrado en su silla de ruedas, desgastado por la enfermedad y con la valla muy alta tratando de organizar las bases obreras. Con una cizaña tremenda, Ravines le metió prisa y terror al Amauta a través de la correspondencia, haciéndole creer que el proyecto personalista de Haya se iba a tragar todo el trabajo de la revista Amauta.
Pero el tiro le salió por la culata. Mariátegui no pisó el palito de la manipulación. Provocando el hondo disgusto de Ravines y desobedeciendo abiertamente las órdenes de Moscú —que exigían fundar de inmediato un "Partido Comunista" amarrado al dogma estalinista—, el Amauta plantó cara. El 7 de octubre de 1928, en una pequeña y clandestina casa de Barranco, fundó el Partido Socialista Peruano (PSP). Con ese gesto de soberanía criolla, Mariátegui defendió un socialismo que fuera "creación heroica" y no un calco de la burocracia soviética. Al enterarse, un Haya de la Torre con el ego inflamado en el exilio y atizado por los informes intrigantes que Ravines le enviaba en paralelo, cometió el gravísimo error histórico de atacar agriamente por correspondencia a Mariátegui, tildándolo despectivamente de "europeizante" y "enfermo de gabinete". Ravines había dinamitado la amistad más brillante de nuestra intelectualidad sin mover un solo dedo en Lima, jugando a dos cachetes mientras cobraba su mesada en París.
La gran estafa de Ravines se consolidó por un accidente del destino. La muerte de Mariátegui en abril de 1930 descabezó la resistencia autónoma del PSP. Solo un mes después, el 20 de mayo de 1930, Ravines ejecutó el asalto que jamás pudo hacer en vida del maestro: liquidó el PSP y fundó el Partido Comunista Peruano (PCP), arrodillándolo ante la estrategia estalinista de "clase contra clase". Con la soberbia del converso que recibía mil francos mensuales y fajos de hasta veinte mil dólares en efectivo de la NKVD soviética, Ravines pensó que con plata de Moscú compraría lealtades a patadas. Qué poco conocía al país.
Ravines sabía perfectamente que Haya de la Torre tenía razón sobre el arraigo real de un proyecto nacional y de masas en el Perú, pero prefirió el bolsillo y el estatus de comisario internacional antes que la verdad histórica. Se equivocó de cabo a rabo. Ante la farsa del dictado soviético, los jóvenes dirigentes que rodeaban al Amauta le dieron la contra y se partieron. Lo mejor del mariatiguismo primigenio, mentes brillantes como Luis Alberto Sánchez y las bases populares del norte con Antenor Orrego, detectaron el tufo de la traición de Ravines. En lugar de someterse a sus rublos, prefirieron sumarse con lealtad al proyecto histórico y popular del APRA.
A la vuelta de los años, Ravines terminó expulsado por sus propios jefes en 1942, despechado, aliado con la oligarquía terrateniente de Pedro Beltrán e informante de la CIA, escribiendo libelos donde posaba de intelectual engañado mientras escondía el oro que se tiró por catorce años. Hoy, cuando vemos a la izquierda radical andina "aburguesarse" por la necesidad de subsistir o el peso de la familia, o a senadores duros aferrarse a los privilegios del Estado que tanto critican, entendemos que el libreto es el mismo. Cambiaron los rublos por los sueldos del presupuesto público y las oficinas estatales, pero la incapacidad de sostener un proyecto propio sin colgarse del poder de turno sigue intacta. No son una anomalía del 2026; son los huérfanos políticos que aún no aprenden la lección de dignidad que el Amauta les dejó en 1928.

